4 meses, 3 semanas y 2 días: la otra cara del terror

Cuando pensamos en cine de terror se nos viene a la cabeza el sótano oscuro, el pasillo sin fin o el asesino detrás de la puerta. Pero eso no es terror, es miedo puntual. El terror es una forma de vivir, una angustia que domina el día a día. Sin embargo, a veces es también el impulso necesario para empujarte a hacer las cosas más difíciles.

Eso es ‘4 meses, 3 semanas y 2 días’, una película del director Cristian Mungiu (Rumanía), ganadora en 2007 de la Palma de Oro en el Festival de Cannes; y de los premios a Mejor Película y Mejor Director de la Academia del Cine Europeo.

Detrás de la dictadura

En los últimos días del régimen de Ceaucescu en Rumania, Otilia y Gabita son dos jóvenes amigas, estudiantes que viven en un residencia y que traman algún tipo de plan, algo de lo que no se pueden enterar ni las personas más cercanas. Eso es todo lo que sabemos durante la primera media hora de película. Bueno, eso y que el miedo se refleja en los ojos de las protagonistas en todo momento.

Así, el espectador se mete en la historia pensando qué les pasará a estas dos jóvenes cuando la terrible (no tanto por la situación, sino por las circunstancias) verdad le golpea: Gabita está embarazada y ha contratado a un tipo para que le practique un aborto ilegal y que resulta ser un hipócrita que se aprovecha de las situaciones extremas de las mujeres.

El silencio como personaje

El tema del aborto, habitualmente tratado desde un punto de vista social, se nos cuenta en menos de 24 horas de una historia muy personal; a través de Otilia, la amiga, lo que hace al espectador aún más partícipe, casi con una silla propia en la habitación del hotel donde observar en silencio. Sí, en silencio.

Porque si los diálogos son escasos, es porque hay cosas que no se quieren decir y cosas que no se pueden. Lo que nos queda entonces son las acciones, esas que decía que el miedo nos empuja a hacer. Y es Anamaria Marinca en su papel de Otilia la que lleva el peso de esas acciones; que incluso sin el apoyo de la música consigue elevar la tensión hasta el punto de hacerla tuya.

La técnica de Mungiu

La cámara se convierte en el elemento más importante: no mira cuando no quiere ver, porque sabe que los fuera de campo dan más miedo que lo que la pantalla muestra; en los momentos de mayor tensión se queda quieta, estática, como sin saber que hacer, para mostrar cómo te puedes sentir sola aunque estés rodeada de gente; y se mueve en los momentos en los que Otilia necesita moverse, acompañándola para conseguir su objetivo.

A pesar de lo duro de la historia Mungiu no incluye una moralina que te haga salir del cine sintiéndote culpable. No se pronuncia ni a favor ni en contra de un tema que se muestra tan propicio para ello. Porque como ellas dicen de una forma tan sencilla como dura y resumiendo el espíritu de la película: mejor no volver a hablar de eso.

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