Celda 211 o cómo triunfar

¿Serías capaz de hacerte pasar por un delincuente para sobrevivir?

Con esta premisa parte Celda 211, la última película de Daniel Monzón. Ya ha triunfado en los Goya, con 8 cabezones en el bolsillo. Partía como favorita, pero de estas cosas no te puedes fiar, y menos si tienes a Amenábar detrás con una superproducción.

Sin embargo, esta vez las previsiones no fallaron, y Ágora se quedó con los premios técnicos, mientras que los principales galardones artísticos fueron a parar a manos del equipo de Celda.

Malamadre manda

Un thriller carcelario que no cae en los tópicos. Los policías son los malos y los reclusos te terminan cayendo simpáticos. Incluso la transformación de Juan, alias “Calzones”, te parece natural. ¿Cómo podía haber actuado de otra manera? Sin embargo, en ocasiones el espectador no llega a empatizar con él. Y quizá sea porque el papel de su novia embarazada es el previsible desencadenante de una historia donde todos se rinden a Malamadre.

Porque cada vez que Luis Tosar abre la boca, la película sube en calidad. La caracterización es magnífica, destacando por encima de todo la flexibilidad vocal que impregna al personaje. Es su seña de identidad y no se desprende ella en ningún momento. Tal y como dijo Tosar en la gala de los Goya, los actores lo hacen mejor cuando tienen grandes personajes; y Malamadre es grande, sin fisuras.

Personajes e historias secundarios

Lo secundario no es malo, y si no que se lo digan a esta película. Hablando de personajes nos encontramos con un Antonio Resines alejado de sus registros más habituales. Un policía violento y sin escrúpulos, metáfora de la corrupción del poder. Y Carlos Bardem, que nos sorprende con un papel de traficante colombiano, es paciente, espera su momento y aparece cuando tiene que hacerlo, aunque sabes que siempre está ahí. A pesar de estar los dos nominados a mejor actor de reparto, el galardón recayó en Raúl Arévalo por su papel en “Gordos”, una de las sorpresas de la noche.

Como historia, dejando de lado el motín, nos tenemos que fijar en la crítica política. Los presos de ETA se convierten en la gran preocupación de los gobernantes, por encima de la seguridad de cualquiera. Y todos lo saben, por eso se convierten en el elemento de negociación de los presos: saben que ellos no tienen valor, pero un preso de ETA son palabras mayores para los que mandan

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