Sydney Poitier, icono del prejuicio racial, confirió una intención más crítica con una simple mirada, tanto como duelista de un Rod Steiger cruel, en El Calor de la Noche, como futuro yerno de un ‘incomodado’ matrimonio, Hepburn-Tracy, en Adivina Quien viene a Cenar esta Noche, que el catálogo de situaciones vividas por cada uno de los personajes de Crash.
El Ataque de los racistas mutantes
La premisa argumental de “ofrecer soluciones sencillas a problemas complejos”, no es más que la justificación perfecta para evitar mojarse con el pecado ajeno. Paul Haggis, que tras guionizar una asombrosa Million Dollar Baby, sobre todo gracias al peso de la voz de sus protagonistas, más que a las palabras, y a la poética visual de un director capaz, intenta de nuevo cargar de moralina simple, algo tan
arraigado y social como es el racismo.
La absurda sensación, mientras ves la película, de formar parte de
una fábula disneyniana, no es tan disparatada como parece, pues nada de lo que se dice sorprende, es blanda, ligera y previsible, excepto cuando eres incapaz de creer que lo que estas viendo intenta ir en serio. Salvando alguna escena, que nos enseña como arrastrar al límite el conflicto racial, Paul Haggis consigue contar la misma situación una decena de veces, desde el mismo punto de vista usando el insulto fácil, la discusión esperada y el enfrentamiento, sólo cambiando el color de las personas afectadas.
Se lleva la peor parte el personaje de la sofisticada ricachona que interpreta la desafortunada Sandra Bullock, que a pesar de un curioso principio, carece de interés, e incluso se hace hasta vergonzoso.
Más allá de la fábula
Es un gran cuento de navidad que debería venderse como tal, y desde esa nueva condición si podría llegar a ser digerible y hasta necesaria. Hay ciertas películas que pueden ser consideradas necesarias de base, bien por su función reivindicativa: desvelando secretos acallados, tabúes con ganas de desempolvarse como las biografías perdidas de personajes no ilustres, las matanzas silenciosas o los movimientos sociales desaprobados; o bien por su papel ilustrativo-formativo, mostrando diferentes modos y maneras de vivir, ya sea la de una familia irlandesa, la de una colonia kurda, la de unos amantes lesbianos o la del sencillo y virtuoso pingüino emperador.
Crash pertenecería al grupo de las primeras, ya que narra historias entrecruzadas de unos personajes sin nombre, que cargan con una de las lacras innatas de casi cualquier sociedad humana: el desprecio al otro, el rechazo, la necedad. A modo de ejemplos comunes, se van involucrando los protagonistas exclusivamente en situaciones donde la falla racial queda patente.
Ese muestrario de momentos intolerantes, recoge lo que se puede considerar como su único acierto, que es hablar con franqueza, a pesar de su endeble discurso, de algo tan necesario y tan obviado como es el “soy intolerante hasta que se demuestre lo contrario”.
