El fin del mundo. Hemos sobrevivido a profecías y al efecto 2000, pero parece que la fecha definitiva es 2012. No sabemos cómo ni cuál será el principio del fin, sólo que vendrá por el mes de diciembre. Se dice también que quizás suponga más un cambio radical de la existencia tal y como la conocemos. Como Lars von Trier para el cine convencional.
El final romántico
El controvertido creador danés Lars Von Trier regresa a las pantallas presentándonos en su nuevo trabajo el final del mundo, y no como algo simplemente físico; es una visión psicológica del desastre, algo romántico. Un final inevitable en la película, que, como pasará con Titanic, lo relevante no es la propia catástrofe de antemano conocida sino cómo se llega a ella. Continúa el camino trazado con su anterior película, “Anticristo” (2009), formando un díptico donde el fin de la existencia se presenta íntimo y salvaje. Es la catarsis de una mente compleja.
A lo largo de más de dos horas pasamos de contener el aliento a la relajación y la reflexión. Posiblemente Von Trier lleva tiempo necesitando un productor agresivo que le recuerde que el cine también es tiempo, y no hay que estirar la historia más de lo debido, pero mientras nadie se lo recuerde se puede seguir permitiendo hacer cine a su manera.
Tanto el comienzo como el final son, por estética, sencillamente sublimes. En su manera de ver el cine lo convierte en algo pictórico, bello, una experiencia sensorial inundado con la pieza “Tristán e Isolda” de Wagner. Es un viaje en el tiempo a la estética del romanticismo alemán, convirtiendo al cine en un todo, pero que en lo que transcurre entre principio y final pierde seguidores por el camino.
Dualidad
Si las dos últimas obras de Von Trier pueden componer un díptico, la propia Melancholia también lo es. Es un enfoque dual, de dos formas muy distintas de entender la vida pero que confluyen en un mismo final, produciéndose a la vez un duelo interpretativo entre dos intérpretes llamadas a estar en las pomada de los premios: la actriz y cantante Charlotte Gainsbourg, y la eternamente niña Kirsten Dunst, en un papel hecho para Penélope Cruz y que rechazó para convertirse en pirata.
Melancholia no es cine propiamente comercial, aunque cuente con toda la maquinaria comercial a su favor. Es un viaje por los sentidos, casi como visitar un museo. Rompe muchas normas y parece inventarse otras tantas. El final es tan apoteósico que olvidas el llevar más de dos horas sentado en la butaca, y no siempre disfrutando. Es, sencillamente, una manera de entender el cine. Es la manera Von Trier.
