La historia está trabada con dinamismo. Impacta, sugiere, conmueve y también conmociona. Su poderío visual es incuestionable. Y además traza un lenguaje onírico gracias a la superposición de los testimonios de los antiguos soldados, que se conjugan con recreaciones de lo que pudo haber sucedido en ese momento.
Una técnica que, por motivos obvios, no habría sido posible desarrollar si la historia se hubiese rodado con textura de imágenes reales. Aunque el verdadero sentido onírico se muestra en su máxima expresión cuando los ex combatientes buscan escapismo o redención por medio de sus sueños recurrentes.
Amnesia o la necesidad de borrar el horror
El hilo narrativo gira en torno a la amnesia que padece el protagonista. No recuerda nada de los horrores a los que asistió en esa guerra, su disco duro ha borrado esas experiencias. Y gracias al viaje que emprende con esta película empieza a desmadejar los traumas que le han marcado a él y su generación. Una historia secretamente violenta. Una ignominia silenciada a los ojos de la opinión pública internacional, que de repente cobra conciencia de la crudeza esa aniquilación encubierta gracias a esta película.
Conforme el autor recupera recuerdos, la historia crece en intensidad dramática, gracias también a que Folman es valiente y compone un muestrario bastante completo del bando israelí (mandos y soldados rasos) que estuvo implicados en la contienda.
Vals de la desesperación
La emoción y el estremecimiento llenan la sala. Pero también hay lugar para el lirismo, como esa escena que da título a la película, cuando uno de los soldados, perfecto superviviente en sus ratos de normalidad, estalla en un acto a medio camino entre la locura y la genialidad y comienza a bailar algo muy parecido a un vals mientras descarga las balas de su arma frente a un enemigo invisible…
Belleza y violencia, derrumbe y redención, valentía y absurdo…Soldados o no, todos alguna vez hemos nadados envueltos en pánico, paralelos a una bahía, buscando supervivencia cuando la noche se hacía eterna.
La mejor forma para superar ese estado es continuar haciéndose preguntas, mejor si es con una novedosa y poética manera, como la que propone esta cinta. Porque más allá de la cicatriz interior del director (que narra su trauma personal y se expía de él gracias a estas imágenes), la cinta gana universalidad porque denuncia con pulso firme un asesinato colectivo que nunca debió encontrar ningún amparo gubernamental.
